Esta es la sensación que tengo en muchos momentos, especialmente los fines de semana cuando, después de poner lavadoras a destajo, hacer camas, doblar la ropa, distribuirla en los distintos armarios, tender, preparar comida, bañar, o mejor dicho duchar a los niños que es más rápido, y por fin desayunar, me siento en el sofá con mi vaso de algo y oigo que los peques gritan reclamando a mamá o el papá de las criaturas me pregunta que dónde me he metido durante tanto rato... entonces es cuando siento que la vida no me da para más... Y sólo son las 9.00 de la mañana en el mejor de los casos... puede que esa sensación aparezca ya a las 7.45 porque los peques han tocado diana una hora antes. Entonces uno piensa: bueno es domingo... no pasa res! Tengo todo un día por delante para dejar preparadas batas, mochilas, firmadas las agendas, uniformes planchados (antes lavados y tendidos), comida de la semana medio lista para no abusar de los bocadillos etc etc etc... Pero es entonces cuando, son las 9 de la noche, y los peques están durmiendo ya, que ese sentimiento de incapacidad vuelve a aparecer con más intensidad al darme cuenta de que todos los proyectos de obligada ejecución estaban aún en mi cabeza, sólo en mi cabeza y ¡cómo no! en mi intención... Y sólo hablo de los de que son ineludibles... los demás creo que muchas veces quedan ya bloqueados a la entrada... Y aún así, logramos pasar un finde divertido, lleno de aventurillas, de risas locas y de sonrisas dulces. De besos, de miradas, de lloros, de rabietas, de cuentos y hasta de circo que compensa esa frustrante sensación de no dar para más... Mañana cuento cómo fue la primera tarde de circo para Leo y para Hugo. Hoy sólo letra.
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